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Reyes Magos mexicanos

olaguibel

Quería comenzar este blog con algo chulo y creo que no puedo encontrar una historia mejor que la que tiene que ver con esta foto. Este pasado verano estuvimos de vacaciones en Paris. Hemos viajado varias veces en coche a Francia y, al menos a la ida, siempre hemos hecho noche en Vitoria. Aunque siempre en las afueras.

En esta ocasión no fue a la ida, sino a la vuelta cuando -quizás por haber leído que Vitoria goza de una alta calidad de vida- decidimos buscar un hotel cerca del centro. Llegamos, ya por la tarde, en agosto y recién acabada las Fiestas de la Virgen Blanca. Y… nada, ducha, soltamos las maletas y después de muchas horas de coche… venga, a la calle. Para no andar a ciegas ni a golpe de móvil tengo por costumbre preguntar a alguien del lugar adónde iría a tomar algo “con su familia”. Y recalco esto porque no buscamos sitios turísticos sino de confianza y con calidad.

Esta vez nuestra guía obligada fue la recepcionista del hotel, una mujer amable y eficientísima que al momento nos había señalado con tres cruces en un mapa los tres posibles mejores lugares. Acertó. Unas cuantas calles más allá, dimos sin mucho esfuerzo con el Sagartoki, excelente local de pintxos con un ambiente fantástico.

“…guardamos ya para nosotros no solo la sorpresa, sino la sensación de haber vivido un momento que pocas veces creo que se dé en la vida”

Ya el propio servicio de camareros que atendía la barra merecería un post aparte. Baste decir que eran todos -salvo el jefe- negros (subsaharianos como hay que decir ahora) y que el que nos atendió se llamaba Amstrong -exacto, como el primer hombre que pisó La Luna-. Las risas que nos echamos con él, que ríe a mandíbula batiente, se quedan para el recuerdo. Entre otras cosas porque cuando fui a pedirle por primera vez a Amstrong me soltó un desconcertante “Ahora no es el momento”. Dejo a la imaginación de cada cual qué tipo de personaje es. Pero me encantaría tenerle más cerca porque risas como la suya hacen la vida mejor.

La cuestión es que andábamos en la barra peleando por hacernos con pintxos y bebidas cuando a nuestro lado se coloca una familia. Luego supimos que eran padre, madre, hijo e hija. Algo desconcertados en el guirigay del bar, la mamá me pregunta cómo va aquello. A lo que le repito lo que minutos antes me habían contado dos parroquianos: Matar o morir. O lo que es lo mismo, hacerse con el interés de un camarero a toda costa.

Llegan mis tapas, las acerco a nuestra mesa y vuelvo a la barra. Como soy de palique fácil, me animo a recomendarles alguna de las especialidades de la casa a la luz de lo que veo pedir y de los artículos de prensa colgados en las paredes, que señalan los muchos premios conseguidos por el establecimiento en varios concursos de pintxos. En la conversación noto enseguida que son mejicanos. Y les pregunto de dónde porque, por azares de la vida y con una Guerra Civil de por medio, tengo -me gusta decir que son 70- familiares en diferentes lugares de aquel pais.

Seguimos conversando y descubro de esta forma que, al igual que nosotros, es también la primera vez que los cuatro visitan Vitoria y que el motivo de su viaje es conocer más sobre sus ancestros. Eso lo que motiva su viaje: que los chicos conozcan parte de la historia del apellido paterno: Olaguibel.

Es entonces cuando llega la sorpresa. Porque -les cuento- yo conocí a alguien con ese apellido. Sólo que en Málaga y casi 50 años antes. Se llamaba -les digo- María Luisa Olaguibel. Era una mujer joven, guapa y pelirroja que vivía “en el campo de golf de la Ciudad Olímpica de México“. Y es también entonces cuando los ojos del hombre que está frente a mí se abren y sueltan una frase que nos deja a todos en estado de shock: “Es mi tía”.

Resulta evidente que a partir de ahí surge una catarata de preguntas y respuestas a partir de la primera de las cuestiones: ¿cómo es posible que yo me acuerde de ella después de tantos años? Y la respuesta está en la foto que también comparto. Aunque la memoria reconstruye los recuerdos a cada paso, creo que la historia que les cuento es cierta. Creo que fue María Luisa, que por aquel entonces viajó varias veces a Málaga acompañada de su madre, y con quienes traté en casa de mi madrina -que regentaba una casa de huéspedes-; que fue ella, digo, quien me regaló el fuerte con el que aparezco en la foto. Y, claro, día de Reyes, un fuerte, una mejicana -con ese acento y el pelo rojo-, que vivía “en un campo de golf” de una “ciudad olímpica”, en México, y con un apellido tan singular, Olaguibel… no son cosas que olvida fácilmente un niño de, no sé, 6 ó 7 años con cierta tendencia a coleccionar historias y personajes. Ahora pienso que ella fue sin duda uno de los primeros.

En fin… Todos, los nuevos Olaguibel de la colección y mi propia familia (María, Panamá y Lucas)  guardamos ya para nosotros no solo la sorpresa, sino la sensación de haber vivido un momento que pocas veces creo que se dé en la vida. ¿Cuántas posibilidades hay de que casi cincuenta años después de haber conocido a alguien en una ciudad, y con quien luego no volverás a tener contacto, encuentres en otra ciudad a 1000 kilómetros de la primera, a cuatro familiares de aquella persona que, al igual que tú, visitan por vez primera ese lugar? Sinceramente creo que, de hacer un cálculo de probabilidades, la cifra que saldría sería ínfima. Y sin embargo ocurrió. Y eso es algo que creo que ya nunca olvidaremos.

Gracias al encuentro supe que María Luisa aún vive, que como es lógico sí que recordaba haber visitado Málaga y haberse alojado en casa de mi tía Mercedes, pero no desde luego ni a mí ni mi fuerte ni su regalo. Eso casi da igual. Casi 50 años después esta mujer, aun en la distancia, volvió a convertirse en un segundo recuerdo imborrable en mi vida. Me hizo, sin siquiera saberlo, otro maravilloso regalo de Reyes. Solo que esta vez en verano. Gracias, María Luisa Olaguibel, mexicana, pelirroja -como la Jacinta de Moreno Villa-, residente “en el campo de golf de la Ciudad Olímpica de México”, gracias. Nos hiciste volver a creer en la magia. Gracias a ti comprobamos que Los Reyes Magos existen y hablan con acento mexicano. Que tu vida sea feliz y larga como lo es mi recuerdo.

 

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